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Lunes XVIII del Tiempo Ordinario

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  Mándame ir a ti sobre el agua Mt 14, 22-36 Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado todo mi poder. Que mi sendero estaba ya cerrado, que ya había consumido todas mis provisiones, que era el momento de guarecerme en la silenciosa oscuridad. Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en mí. Y cuando las palabras viejas caen secas de mi lengua, nuevas melodías estallan en mi corazón; y donde las veredas antiguas se borran, aparece otra tierra maravillosa. Rabindranath Tagore, 1861-1941

Martes XII del Tiempo Ordinario

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  Lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo con ellos Mt 7, 6. 12-14 A mí me ha tocado, Señor, servirte cantando. Y en mis canciones he hecho hablar a tus flores de la primavera, y he dado compás a tus hojas rumorosas. He cantado hasta lo más silencioso de tu noche: la paz de tu mañana. El estremecimiento de las primeras lluvias del verano se ha metido en mis cantares. Permite, Señor, que no enmudezca mi canción a lo último, cuando me rompas el corazón para entrar en mi casas, sino que estalle saludándote. Rabindranath Tagore, 1861-1941

Miércoles IV del Tiempo Ordinario

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  No desprecian a un profeta más que en su tierra Mc 6, 1-6 Ardía la feria ante el templo. Estaba lloviendo desde el alba y se echaba encima la tarde. En el gozo de la multitud , nada era tan radiante como la sonrisa de una niña que había comprado por un cuarto un pito de palmera. Y la aguda alegría de aquel silbido flotaba por encima de toda la risa y de todo bullicio. Un gentío sin fin llegaba empujándose; estaba el camino enfangado, crecido el río, ahogado el campo. En el fastidio de la muchedumbre no había pena como la del chiquillo que no tenía un cuarto para comprar un palo pintado. Y al mirar sus ojos nostálgicos fijos en la tienda, la gente toda me pareció lamentable. Rabindranath Tagore, 1861-1941

Sábado XXXII del Tiempo Ordinario

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  Dios hará justicia a sus elegidos que claman ante él Lc 18, 1-8 La lluvia envaguece el día, relámpagos iracundos miran, súbitos, por los velos andrajosos del agua; y el bosque está como un león enjaulado, sacudiendo desesperadamente su melena. Entre los vientos voladores, déjame que encuentre hoy mi paz en tu presencia; porque el cielo pesaroso ha ensombrecido mi soledad, para hacerme sentir más hondo el toque de tu mano en mi corazón. Rabindranath Tagore, 1861-1941 A mi hermano de Comunidad, Luis Alberto, en el día de su onomástica. A mi hermano en el ministerio, Nando, CP; en el XVII aniversario de su ordenación presbiteral.

Jueves XXX del Tiempo Ordinario

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  No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén Lc 13, 31-35 Fue un día en que yo no te esperaba, y entraste, sin que yo te lo pidiera, en mi corazón, como un desconocido cualquiera, Rey mío, y pusiste un sello de eternidad en los instantes fugaces de mí vida. Y hoy los encuentro por azar, desparramos en el polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las alegrías y los pesares de mis anónimos días olvidados. Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes son los mismos que resuenan ahora de estrella en estrella.  Rabindranath Tagore, 1861-1941

Miércoles XXIII del Tiempo Ordinario

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  Bienaventurados los pobres. Ay de vosotros, los ricos Lc 6, 20-26 Líbrame de mi propia sombra, Señor; de la ruina y la confesión de mis días. ¡Cógeme de la mano, que la noche está oscura, y tu peregrino ciego; sácame de la desesperación; prende con tu llama la lámpara sin luz de mi pena; despierta de su sueño mi fuerza cansada! No me dejes regazarme, contando lo que perdí; que el camino me cante de la casa, a cada paso mío. ¡Que la noche está oscura y tu peregrino ciego, cógeme de la mano! Rabindranath Tagore, 1861-1941

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

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  Pedid y se os dará Lc 11, 1-13 Diré tu Nombre en mi soledad, sentado entre las sombras de mis callados pensamientos... Y lo diré sin palabras y sin razón, como un niño que llama a su madre cien veces, contento solo con poder decir Madre. Rabindranath Tagore, 1861-1941 Feliz domingo

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

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  ¡Poneos en camino! Lc 10, 1-12. 17-20 Sé indulgente conmigo un momento, y déjame sentarme a tu lado, que luego terminaré lo que estoy haciendo. Mi corazón, si no te ve, no tiene sosiego, y mi trabajo es como un afán infinito en un fatigoso mar sin playas. El verano ha venido hoy a mi ventana, zumbando y suspirando, y han venido las abejas, trovadores en la corte del bosque florecido. Es el tiempo de sentarse quieto frente a ti, el tiempo de cantarte, en un ocio mudo y rebosante, la ofrenda de mi vida. Rabindranath Tagore, 1861-1941 Feliz domingo

Viernes XXXIV del Tiempo Ordinario

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  Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios Lc 21, 29-33 ¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te encuentro mudo de asombro!  La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va de cielo a cielo, su raudal santo vence todos los pedregales y sigue en un torbellino, adelante. Mi corazón anhela ser uno con tu canto, pero en vano busca su voz. Quiero hablar, pero mi palabra no se abre en melodía, y grito vencido. ¡Ay cómo me coges el corazón en el enredo de tu música, Señor! Rabindranath Tagore, 1861-1941

Jueves XXV del Tiempo Ordinario

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  Buscaba verle Lc 9, 7-9 ¡Tenme siempre a tu puerta, esperando tu deseo; déjame ir por tu reino, atento a tu llamada; no permitas que me hunda y me pierda en la sima de la languidez; que mi vida malbaratadora se gaste y se haga harapos! ¡No dejes que me coja la duda, ese polvo de la distracción; no dejes que me disperse por los caminos, con afán de muchas cosas; que baje mi corazón a muchos yugos! ¡Haz que mi cabeza se yerga con el valor y el orgullo de servirte! Rabindranath Tagore, 1861-1941

Domingo XXI del Tiempo Ordinario

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  ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna Jn 6, 60-69 ¡Cómo discuten y cómo gritan! ¡Cómo dudan y se desesperan! ¡Nunca se acaba su pelear! Que tu vida se ponga entre ellos, inalterable y pura, como lengua de luz, hijo mío, y les imponga silencio con su hermosura. ¡Qué crueles los hace la codicia y la envidia! Como ocultos cuchillos sedientos de sangre son sus palabras. Déjales que miren tu cara, hijo mío, y que así comprendan el sentido de todas las cosas. Que te amen, y así se amen unos a otros. Rabindranath Tagore, 1861-1941 Feliz domingo

Miércoles XVI del Tiempo Ordinario

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  Una vez salió un sembrador a sembrar Mt 13, 1-9 No sé desde qué tiempos distantes estás viniendo a mí. Tu sol y tus estrellas no podrían nunca esconderte de mí para siempre. ¡Cuántas mañanas y cuántas noches he oído tus pasos! ¡Cuántas tu mensajero entró en mi corazón y me llamó en secreto! Hoy, no sé por qué, mi vida está loca, y una trémula alegría me pasa el corazón. Es como si hubiese llegado el tiempo de acabar mi trabajo. Y siento en el aire no sé qué vago aroma de tu dulce presencia.  Rabindranath Tagore, 1861-1941 - imagen: César Bona, mejor profesor de España en el 2015 -

Martes VII del Tiempo Ordinario

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  El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el ultimo de todos Mc 9, 30-37 La primavera ha entrado en mi cuerpo con sus hojas y sus flores. Toda la mañana están las abejas zumbando en mí; y los vientos ociosos juegan y juegan con mis sombras. Una dulce fuente mana del corazón de mi corazón; la alegría lava mis ojos como el rocío de la mañana; y la vida tremola en todo mi ser, como la cuerda de un laúd. ¡Amor de mis días sin fin, solitario vagabundo de las costas de mi vida, donde se derrama el mar alto! ¿No revolotean alrededor de ti las mariposillas de mil colores de mis sueños? ¿No es este eco de mis cavernas oscuras el eco de tus canciones? Rabindranath Tagore, 1861-1941

Sábado XXXI del Tiempo Ordinario

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  Si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Lc 16, 9-15 Iba yo pidiendo por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a los lejos, como un sueño magnifico. Y yo me preguntaba, maravillado, quien sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hacia el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo. La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: “¿Puedes darme alguna cosa?” ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un méndigo! Y yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en el montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dártelo todo! Rabindrana...