Martes XXVII del Tiempo Ordinario
Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la mejor parte Lc 10, 38-42 En la soledad, el hombre se purifica y se guarda puro; se conoce a sí mismo y se inicia en el amor a Dios. En la soledad aprende a modificar su carne, a hacerse semejante a Dios, a unirse a Él. Quien tiene el gusto de la soledad, tiene el gusto de Dios. Allí todas las cosas del mundo se hacen extrañas al hombre, todas las cargas se vuelven ligeras por el sabor de los bienes celestiales. El hombre se pierde a sí mismo y encuentra a Dios. Pero esta soledad, muy pocos la conocen y muy pocos la conocen y muy pocos saben amarla; si los hombres tuvieran la mirada más profunda, verían qué tesoro está escondido en ella… Juan Justo Lanspergio, o.cart; 1489-1539 Al Oratorio de Santa Teresa y San Bruno en el día de su co-titular.