6 de agosto: Transfiguración del Señor

- Escena lateral del retablo mayor de la catedral católica romana de La Seo en Zaragoza -

En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos»
Mt 17, 1-9

    Es fácil simplificar a Jesús como un ídolo que predica el amor y apuesta por los pobres. Es sencillo considerar que el Nazareno, como Gandhi y Martin Luther King, es solo uno de tantos personajes modélicos que nos hacen desear ser mejores. El problema de presentar así a Jesucristo es que le reducimos a nuestra limitada capacidad de acoger la realidad. Su identidad más profunda es la que se reveló a esos tres discípulos que le acompañaron a un monte. Además de ser alguien admirable y ejemplar, es el Hijo amado de Dios. Es el Señor, por eso nos jugamos tanto en escuchar sus palabras y sus gestos. Dejemos que hoy resuene en nuestro corazón el mandato del Padre: "Este es mi Hijo amado: escuchadlo".



- Himno de Laudes en el Oficio de este día en la versión de Marco Frisina




Comentarios