II Domingo del Tiempo Ordinario

 

En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»
Jn 1, 29-34

    En este pasaje nos encontramos de nuevo a Juan el Bautista testificando a Jesús, promoviendo a Jesús y degradándose a sí mismo (cf. 3:30). Hay que notar el lenguaje enfático y repetitivo. Él ve (v. 32), él oye (v. 33), él pasa de la ignorancia al conocimiento (vv. 32-33) gracias a una revelación, y entonces él testifica : “Y yo lo he visto y testifico que este es el Hijo de Dios” (v. 34). Todo el Evangelio de Juan fue escrito solamente para revelarnos a Jesús, para proveernos un espacio para localizar en su identidad más plena. El autor dice claramente en 20:31 (probablemente el fin original del Evangelio): “Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.



Feliz domingo



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