Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén.
Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles:
—«Id a la aldea de enfrente; al entrar, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", contestadle: "El Señor lo necesita"».
Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: «¿Por qué desatáis el borrico?».
Ellos contestaron:
—«El Señor lo necesita».
Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar.
Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos.
Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo:
—«¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto».
Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos».
El replicó:
—«Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras». 
Lc 19, 28-40

Pasión de nuestro Señor Jesucristo
Lc 22, 14 - 23, 56

Ante la Pasión de Jesús que empezamos a celebrar, nosotros también nos situamos como esas mujeres que miraban de lejos. No nos engañemos: por mucho que nos hayamos acostumbrado al destino trágico de Jesús y por más que conozcamos el "final feliz", nos sucede como a las plañideras que lloraban camino al Calvario, porque no llegamos a atisbar la hondura de cuanto acontece. Como el ladrón al que recrimina su compañero, tampoco alcanzamos a intuir la profunda injusticia de la que somos testigos.

Ianire Angulo Ordorika, ESSE


Feliz domingo



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