6 de agosto: La Transfiguración del Señor

 

- Escena lateral del retablo mayor de la catedral católica romana de La Seo en Zaragoza -

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» —pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados—.
Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos».
Mc 9, 2-10

    Es fácil simplificar a Jesús como un ídolo que predica el amor y apuesta por los pobres. Es sencillo considerar que el Nazareno, como Gandhi y Martin Luther King, es solo uno de tantos personajes modélicos que nos hacen desear ser mejores. El problema de presentar así a Jesucristo es que le reducimos a nuestra limitada capacidad de acoger la realidad. Su identidad más profunda es la que se reveló a esos tres discípulos que le acompañaron a un monte. Además de ser alguien admirable y ejemplar, es el Hijo amado de Dios. Es el Señor, por eso nos jugamos tanto en escuchar sus palabras y sus gestos. Dejemos que hoy resuene en nuestro corazón el mandato del Padre: "Este es mi Hijo amado: escuchadlo".


- Himno de Laudes en el Oficio de este día en la versión de Marco Frisina-

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