Jueves XII del Tiempo Ordinario
El cristianismo se vive en el compromiso: compromiso con Dios y compromiso con otros cristianos, nuestros hermanos, que dicen creer y seguir a Cristo, el único Cristo, porque, como dice la Escritura, Él no está dividido. Las divisiones son nuestras. Las iglesias-organizaciones están divididas, separadas las unas de las otras. La Iglesia de Jesucristo, no. Podemos pertenecer, como de hecho así sucede, a esas iglesias-organizaciones, pero lo importante es pertenecer a la Iglesia real, que lo es en el Espíritu, y está formada por todos los redimidos, de toda raza y nación, independientemente de su filiación a cualquiera de aquellas. Somos cristianos, no porque pertenecemos a la Iglesia, sino al revés: pertenecemos a la Iglesia porque somos cristianos, es decir discípulos y seguidores de Jesucristo. Lo son quienes han vivido una experiencia de salvación, una conversión genuina, y viven en el poder del Espíritu Santo, dando sus frutos, porque, como bien dijo Jesús: No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos.


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