VI Domingo de Pascua
El misterio que revela Jesús es tanto un misterio sobre Dios como sobre nosotros/as mismos/as. En realidad, él mismo encarna el misterio de ambos al hacer presente en su persona el amor del Padre por el mundo y sus criaturas. De la misma manera en que Dios no dudó en hacerse presente en lo extraño y aparentemente opuesto, el que ama en Cristo y desde Cristo no teme “perderse” en el amor, que siempre nos lleva a territorios extraños o incluso opuestos a nuestras expectativas y planos. Dios no nos abandona, sino que viene a nosotros/as en medio de ese amor, más aún cuando ese amor pasa por sus momentos de vacío y dolor. De la misma manera en que Dios nunca es más Dios que cuando se encarna y se hace vulnerable en Cristo para darnos vida en abundancia, nosotros/as no somos más humanos/as que cuando comprendemos que la vida nos es regalada como un acto de amor que sólo puede vivirse amando, compartiendo. Este es el riesgo, pero también la esperanza. Por ello, no sólo vale la pena amar, sino que amando es cuando aprendemos a vivir verdaderamente. Este es el testimonio de Cristo.


Comentarios
Publicar un comentario