SANTÍSIMA TRINIDAD

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios»
Jn 3, 16-18

    El amor de Dios es desbordante, es comunitario, exige la realidad del encuentro y de la alteridad. Por esta razón, para hablar del Dios único los primeros cristianos/as buscaron una imagen de una comunidad de personas que se vinculan por el amor de manera desinteresada. Hablar de Dios como comunidad de personas— hypóstasis —o del Hijo con una doble naturaleza divina-humana fue el “idioma” helenista, propio del contexto antiguo, con el cual se buscó comunicar el misterio que, todavía hoy, nos deja sin palabras. Pero si el contexto ha cambiado, los “idiomas” también lo han hecho, pues decir que Dios es Trinidad es lo mismo que reconocer que el amor no se encierra, sino que es donación, apertura y presupone el crecimiento del ser humano. Entender que el misterio nos desborda no nos distancia de Dios, sino que, por el contrario, nos invita a reconocer nuestra libertad como camino por el cual su realidad se hace presente. Cuanto más plenamente seamos nosotros/as mismos, del reconocimiento de quiénes somos con nuestros límites y virtudes, tanto más cerca estamos del Dios comunidad de amor. Karl Rahner lo expresaba con una belleza que hace enmudecer: “La proximidad a Dios y la auténtica autonomía humana crecen en proporción directa, no inversa”. 


Feliz domingo




Comentarios

Entradas populares de este blog

Lectura para el Tiempo de Adviento

Cristianos en Zaragoza: Conferencia

Lunes XVIII del Tiempo Ordinario