III Domingo del Tiempo Ordinario
Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado».
Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo
Mt 4, 12-23
La verdad quizás más dolorosa y difícil de aceptar, la mala noticia, es que no podemos llevar a cabo esta misión con nuestras propias fuerzas. La verdad más bella es que no necesitamos dependiendo de nuestra capacidad. Jesús nos abraza, Jesús nos perdona, Jesús nos forma y transforma, Jesús nos guía a la cruz en todas sus formas, y Jesús nos hace pasar de la cruz a la resurrección. Encontramos la puerta al reino de Dios caminando con Jesús. Proclamamos esta buena noticia.
Feliz domingo


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